«No pedí nacer». Así inicia el viaje hacia una de las mayores realidades latentes de las nuevas generaciones: un camino donde las responsabilidades representan una de las menores preocupaciones para estos pensadores sin retorno. Recuerdo haber leído una teoría de Claude Lévi-Strauss sobre las estructuras mentales de los individuos, en la cual hace referencia a que el pensamiento de masas tiene su origen en el pensamiento del individuo. Iremos en dicha dirección.
La crisis del pensamiento de las nuevas generaciones nace en el vacío cultural. Ellos aún no han tenido (no quieren) el privilegio de experimentar el aroma de un libro recién publicado, e incluso de esos libros antiguos de páginas amarillentas con anotaciones escritas con lápiz de punta afilada. Antiguamente tener un libro era una oportunidad maravillosa para salir de la pobreza. ¿Y qué pasó?
Si bien es innegable que los padres tienen una responsabilidad hacia sus hijos, la realidad es que el pensamiento colectivo de esta nueva ola de jóvenes zombie parece estar marcado por la superficialidad. Prefieren un teléfono de dos mil dólares antes que invertir esa cantidad en enriquecer su mente, dotarla de colores, actualizar su biblioteca o, incluso, tomar una maleta y viajar para conocer nuevas culturas.
Los profesionales de la salud mental observan esta situación con particular interés, ya que cada día reciben en consulta a individuos que alegan incomprensión parental, desconocimiento de sus derechos humanos y frialdad absoluta por no atender sus deseos materiales. Esta realidad representa, sin duda, una oportunidad económica para este sector.
Estos jóvenes debaten con los psicólogos sobre su nivel de depresión, asumiendo que esta condición los está destruyendo. Los datos oficiales en muchos países indican que la depresión, la ansiedad y la violencia familiar ya no fluyen únicamente de padres a hijos, sino también de hijos a padres. Es importante señalar que estos supuestos problemas mentales se costean con el dinero de padres que deben trabajar largas jornadas sin manifestar depresión alguna. Algo muy peculiar.
¿Se han preguntado alguna vez estos jóvenes si papá y mamá tienen derecho a deprimirse, a faltar al trabajo porque no tienen zapatos de marca, o a berrear porque no poseen un automóvil último modelo? Si así lo hicieran, quizás podríamos encontrar el remedio para transformar a estos individuos en personas ambiciosas, trabajadoras y en búsqueda constante de superación.
El argumento «científico» y «filosófico» de estos jóvenes es: «Yo no pedí nacer». Por fin expresan algo aparentemente profundo, aunque se trate de una profunda superficialidad extraída de algún youtuber precoz e inculto que carece de propósito en su hogar: un personaje digital que cuenta con techo, ropa, comida y que solo se mueve de su silla ergonómica para consumir alimentos que sus padres le sirven en la mesa.
Estos individuos se han convertido en los nuevos referentes de nuestra juventud. Son pequeños cabroncetes que no dudan en proliferar argumentos de gran calibre, incluso incurriendo en una apología de la violencia familiar. El argumento de las juventudes contemporáneas constituye una excusa perfecta para eludir responsabilidades básicas: estudiar, limpiar la casa, acompañar a la abuela al médico, asistir a la universidad, ordenar su habitación, etc. Estas responsabilidades, que antes eran las reglas básicas de los hogares, ahora son percibidas como un abuso a sus derechos constitucionales.
Por todo ello, las generaciones anteriores tenemos la obligación de librar una batalla cultural contra este pensamiento colectivo. Nuestro objetivo debe ser construir estructuras sociales que fortalezcan el conocimiento, los valores y el amor por la vida.
Es fácil pronunciar y repetir las palabras de imbéciles digitales; lo difícil es recuperar el tiempo perdido con un padre o una madre que dedicó sus últimos años de vida trabajando para cubrir las necesidades básicas y las sesiones de terapia de un ser humano cuya mente permanece sin amoblar.
La respuesta a la pregunta es: «Yo no pedí un hijo así».



