¿Qué está pasando? ¿Seres humanos con identidad animal? ¿Problemas de identidad o depresión digital? ¿Ausencia de familia? ¿Estupidez o fracaso cultural?
Se nos vienen —o deberían venírsenos— cientos de preguntas al intentar comprender la degeneración de la juventud y la desaparición de un núcleo familiar con valores, cultura y presencia real de los progenitores. Es posible que estos individuos, con marcados rasgos de trastornos y una notoria desvinculación de la condición humana, no sean los únicos responsables. De hecho, creo que lo somos todos (si se me permite el plural).
Durante los últimos años hemos sido complacientes. Hemos permitido que el rechazo a la sexualidad biológica se convierta en un detonante ideológico para el cambio de sexo; hemos pasado por alto los “embarazos masculinos”; hemos tolerado que niños y jóvenes escuchen y consuman canciones donde se reduce a la mujer a la condición de objeto o bestia; hemos aceptado que participen y publiquen abiertamente contenidos deplorables; hemos dejado que la libertad se degrade en prostitución simbólica y proliferación de lo grotesco.
Los “therian” constituyen la manifestación más visible de los últimos años sobre el nivel cultural de una sociedad. Allí donde se observe a uno de estos individuos, seguramente se encontrará más de un vacío emocional, familiar y cultural. Y, por supuesto, la deficiente educación es una vertiente latente en este tipo de “culturas anómalas emergentes”, algo que, en teoría, debería limitarse a los mangas japoneses o a alguna película de ficción subvencionada por gobiernos con exceso de presupuesto y carencia de sensatez.
Sin embargo, observo con profunda inquietud que el mundo avanza a un ritmo vertiginoso y que nuestros jóvenes —a diferencia de generaciones anteriores— gozan de una calidad de vida más cómoda y menos precaria. Tienen acceso a educación, alimento, techo y vestimenta sin atravesar las carencias que marcaron a sus padres. Incluso pueden elegir modalidades laborales flexibles, trabajos remotos o esquemas adaptados a sus horarios y voluntades. Y precisamente allí radica la paradoja: al no existir la urgencia de sobrevivir, abunda el tiempo. Un tiempo que, en lugar de invertirse en formación, disciplina o propósito, se diluye en la fabricación de identidades extravagantes y en la producción de ideas francamente estúpidas.
Como padres, hemos permitido que el miedo a la escasez y al sufrimiento que nosotros padecimos nos distancie de nuestros hijos. Ese temor constante a que ellos atraviesen las carencias que nosotros vivimos ha transformado a muchos padres en padres de desconocidos, y a muchos hijos en hijos del contenido digital superficial y aberrante.
Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿cuál será la próxima cadena evolutiva legitimada por las redes sociales? ¿Jóvenes solicitando implantes de orejas caninas o colas de zorro como nuevo estándar identitario?

